Masiva participación en encuentro de CPHS Zonal Centro

Masiva participación en encuentro de CPHS Zonal Centro

Más de 800 integrantes de comités paritarios participaron en el encuentro anual organizado por la Zonal Centro, y que se llevó a cabo este miércoles 14 de junio en Viña del Mar, y cuyo tema central fue “Celebrando Trayectorias de Cuidado. En la jornada estuvieron...

Inauguración de servicio de scanner en Hospital IST del Bío Bío

El Instituto de Seguridad del Trabajo en conjunto con Clínica Sanatorio Alemán de Concepción realizaron una exitosa alianza durante febrero de este año, que se materializó con la inauguración del Servicio de Scanner en el Hospital Clínico IST del Bio Bio. Durante la...

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IST Blog

Integración para el cuidado mutuo

“Somos seres inmensamente vulnerables y somos seres inmensamente fuertes”. Esta fue una frase que un día impactó en mi cabeza y hasta hoy me sigue dando vueltas. Apareció en mí un día que estaba haciendo un taller con uno de mis compañeros del equipo de la Gerencia de Innovación del IST. Era un taller sobre Comunicación para Sindicalistas en Concepción.

El momento en que esta frase apareció en mi mente, fue en un momento muy particular del taller donde sentí una conexión entre los participantes, mi compañero y yo. Estábamos conversando sobre la importancia del escuchar y el clima se empezó a hacer más tenso. Preguntas como “¿de qué sirve que yo aprenda a escuchar a los otros, si igual los otros no me van a escuchar a mí? o “el agua y el aceite nunca se van a juntar” o “hoy no nos escuchan, ¿por qué nos van a escuchar mañana?”.

De pronto comenzamos sólo a oír las inquietudes, sin resolver nada, comenzamos a escucharnos entre nosotros, nuestras inquietudes más comunes, nuestros miedos, dificultades y sueños y en la conversación apareció la pregunta “¿qué nos ocurre cuando nos sentimos escuchados por un otro?” Y alguien respondió algo que me impactó: “nos sentimos vulnerables”.

Me sorprendió mucho esta respuesta, pues esperaba respuestas más típicas como “nos sentimos reconocidos, valorados, queridos, etc.” que son las respuestas que generalmente aparecen ante esta pregunta y que tienen una connotación más positiva. Pero la vulnerabilidad es una palabra que hasta entonces no sabía qué significado podía tener. Así que me quedé un rato en silencio frente a los participantes, un silencio de admiración, de asombro, ante lo cual mi compañero les preguntó: “¿y qué ganamos cuando nos mostramos vulnerables?”. “Ganamos fortaleza” dijeron los sindicalistas. Ahí ocurrió otro silencio, esta vez era un silencio compartido con una emocionalidad que para mí era de un respeto colectivo ante algo muy importante que estábamos creando juntos.

Sentí que estábamos construyendo algo que era importante: “vulnerabilidad y fortaleza integradas, ¿a qué me suena esto?” y recordé un montón de cosas de mi vida: mi niñez, mis miedos, mis debilidades, mis derrotas, mis errores, mis caídas y a la vez mi familia, mis logros, mis amigos, mis maestros, mis habilidades, mis valentías, mi equipo, etc. Y aquí había un factor común: no podemos evitar necesitar de los otros.

En un momento se me vinieron muchas emociones y recuerdos significativos en plena relatoría y eso me hizo conectarme mucho más con la sala. Ese día llegamos a muchas conclusiones potentes con los sindicalistas, como por ejemplo que “para ser sindicalista tienes que saber hablar, pero para ser un líder y representar a otros tienes que saber escuchar” o “al pasado hay que escucharlo juntos, al presente vivirlo juntos y al futuro componerlo juntos”.

Al final de ese taller, almorzamos con algunos miembros de los sindicatos y compartimos mutuamente historias, en las cuales el patrón común era en qué momento de nuestras vidas habíamos sido vulnerables y cómo eso nos había dado mucha fortaleza para lo que hoy éramos cada uno. En el fondo, hablamos de todas esas veces en que tuvimos que pedir ayuda, en que bajamos la guardia y mostramos afecto, en que dijimos “no sé” y nos enseñaron, en que nos equivocamos y nos dimos cuenta que inevitablemente necesitábamos de los otros.

Después de vuelta en el viaje con mi compañero, conversando sobre el “paradójico poder de la vulnerabilidad”, llegué a mi casa en Viña del Mar en la noche y no podía dormir pensando en esta “paradoja”, pero esta vez desde mi mirada como socióloga. Pensaba en este hecho: una de nuestras primeras experiencias al nacer es ser cuidados, depender de otros, pero crecemos y aprendemos a ser “individuos”.

La palabra “sociedad” significa “división” y recordé que una palabra clave para la sociología es la “integración”, a propósito de resolver cómo integrar al individuo a la sociedad. ¿Será que el funcionar “divididamente” nos hace olvidarnos de algo esencialmente social: cuidarnos mutuamente?

Somos seres sociales; somos inmensamente vulnerables, dependemos de los otros para ser humanos, para erguirnos, para hablar y que se nos comprenda, para comer, para dar y recibir y eso nos hace inmensamente más fuertes. ¿Fuertes para qué? Para construir cosas que se pensaban imposibles y que juntos las hacemos posibles. He ahí que me conmueve la importancia de saber cuidarnos y de cuidar al otro.

El no reconocer la vulnerabilidad como algo propio de nuestra especie, puede conducirnos a relacionarnos desde el miedo, mientras que el reconocer y valorar la vulnerabilidad nos permite cuidarnos, crear bienestar y calidad de vida. ¿Será que nos hace falta hablar de nuestras vulnerabilidades para construir juntos nuevas fortalezas?

María Jesús Arriagada
Consultora Gerencia de Cuidado y Desarrollo
Instituto de Seguridad del Trabajo

Renovar la cultura de seguridad

Es una interrogante que a todos quienes estamos abocados al tema, nos ha surgido en algún momento. Como consultores de la Gerencia de Cuidado y Desarrollo del IST y luego de transcurrido varios años de
trabajo y con esto, distintos intentos por responder esta inquietud, nos parece fundamental no dar una respuesta única y lineal al fenómeno de la cultura de seguridad, si no más bien, optar por buscar formas que integren múltiples miradas disciplinarias desde la complejidad del fenómeno en cuestión y desde los supuestos o creencias que esto involucra.

Siguiendo esta mirada, cabe preguntarse entonces: ¿desde qué supuestos pudiera estar planteada esta interrogante respecto de la necesidad de renovar la cultura de seguridad de una empresa?

Dentro de los supuestos que aquí encontramos está la existencia de algo así como “una cultura de seguridad” y que ésta influye sobre los resultados de la salud y la seguridad de las organizaciones. Estamos de acuerdo con este supuesto, siempre y cuando ésta se considere como un componente de un sistema más amplio representado por la cultura organizacional. De lo contrario se corre el riesgo de desconocer la complejidad de este fenómeno y generar acciones aisladas que pueden tener impactos incluso no deseados.

Un segundo aspecto en el que vale la pena detenerse, es la idea de renovación cultural.
Desde nuestra perspectiva, la cultura se renueva permanentemente, lo que no significa que no pueda direccionarse un cambio dentro de ciertos limites y sin nunca perder de vista la mirada del sistema completo.

Entonces, ¿Qué implicancias tiene para la gestión en seguridad entender la cultura como un fenómeno de continua y permanente transformación?

La cultura es un proceso dinámico de identificación. Sostenemos que es ella quien imprime un sello a la concepción de vida de la empresa y de las personas que la configuran. La cultura implica manifestaciones consecuentes de los actores de una organización, principalmente las de sus lideres.

Como dijimos anteriormente, una cultura de seguridad está en constante transformación, con una velocidad tal que hace muy difícil apreciar las modificaciones que están generándose en el proceso vertiginoso que la caracteriza. Y lo que está en permanente cambio, es nada más y nada menos, que una red de significados, disposiciones emocionales y habitualidades que configuran un fondo compartido, desde el cual las personas que pertenecen a ésta, interpretan la realidad, generan acciones y plantean opciones en las decisiones por adoptar. Entre ellas, las decisiones frente a los riesgos.

Un segundo supuesto que surge de lo anteriormente expuesto, se basa en la premisa de sostener que es posible llegar a un determinado nivel de desarrollo ideal, de una “cultura de seguridad”. Desde nuestra propuesta, dado el carácter dinámico de la cultura, ese estado ideal, lejos de ser estático, coincide con la idea de permanente renovación, es decir en un proceso que es dirigido y a la vez respetuoso de los procesos y dinámicas propias de la organización y su cultura.

En el plano de la cultura de seguridad, creemos que hay dos grandes ámbitos sobre los cuales podemos intencionar acciones que, de alguna forma, repercuten en ella: el de las acciones y condiciones de riesgo; y el de las conversaciones que ocurren en la organización.

Ambas son vías de acceso a la cultura de seguridad y a su vez, ellas son formas en que se expresa la cultura de una organización.

La importancia de considerar a las conversaciones, en el quehacer preventivo y en los procesos de cambios culturales, tiene que ver con que, es en ellas donde nacen y se transforman las interacciones entre las personas, generando desde allí distintos comportamientos.

Proponemos una concepción de conversación como proceso activo y generativo de acciones, alejándonos de la postura tradicional de la conversación como acción pasiva, lineal y unidireccional, que implica sólo un emisor, un receptor y un mensaje.

Los temas a asumir sobre una cultura de seguridad, requieren ser tópicos con un sentido valórico profundo y amplio, que sean relevantes, que permitan desarrollar procesos de interrelación, que contemplen la participación, las predisposiciones emocionales, y potencialmente, integrables a los hábitos y creencias.

Por esto, el desafío es aún mayor, no basta con llegar a una situación supuestamente ideal, sino que ésta, que en algún momento fue ideal, deja de serlo en otro. El mundo de la seguridad es un mundo complejo, detrás de cada acción hay un ser humano, cuyo comportamiento, también, es complejo, transferido y aprehendido en la trama social del contexto de desarrollo.

Janice Kerr
Directora Multiversidad Corporativa
Instituto de Seguridad del Trabajo

Talleres para la conversación

Ya era 30 de agosto y me vi llegando a Quilpué cerca del mediodía. La calle Claudio Vicuña en el centro de la ciudad me sorprendió cerrada de tacos y con el sol cayendo a pique sobre las cabezas. Bocinazos, rostros tensos, cansancio. Pensé que ya ninguna ciudad de Chile estaba libre de este ritmo sobre acelerado de las grandes ciudades.

En eso estaba cuando escuché un bocinazo detrás. –¡ Apúrate pos viejo! – me gritaron. Ya daban la verde y yo distraído… y el de atrás que viene apurado. Bueno, me dije, así están las cosas. Busqué un estacionamiento y tardé bastante hasta llegar a un subterráneo.

Detuve el auto y decidí parar un poco. Venía con las pulsaciones altas con tanto viaje y congestión de tránsito y me esperaban 20 personas – me dije- con las que iba a compartir una conversación que en nuestro equipo sentimos como importante.

Sí. 20 personas del Banco. Faltaban 20 minutos para las 2 de tarde cuando abrí la puerta de la sucursal.
Aún estaban trabajando, el Banco tiene que funcionar: hay gente depositando, gente que pregunta cosas al guardia. El gerente en su oficina mira el entorno desde sus cristales. Me hace una seña.

Ya en su oficina nos reunimos. Me mira con detención, sabe y no sabe a lo que vengo. ¿Cuánto tiempo necesitarás?, me pregunta.
-Es relativo, le digo. Pudiera ser que el tiempo que nos haga falta.

El Banco ya está sin clientes. Disponemos junto al guardia las sillas en el “hall” central del banco e instalamos el data mirando hacia una muralla blanca. Llegan todos los trabajadores de la sucursal, se sientan. Algunos miran desconfiados, otros saludan con ánimo. Otros, aún desde sus ventanillas de caja, me miran de reojo. Todos de a poco se van sumando.

Y conversamos. Hablamos sobre detenerse. Decidimos mirar juntos y concluir que la vida nos lleva súper rápido y que puede ser que mirar al otro y mirarnos desde la detención nos permite valorar lo que queremos. Por lo que cada día nos levantamos en la mañana. Aquello que nos importa.

Miramos juntos que pasamos el 50% de nuestra vida en el trabajo. ¡El 50%!. Y que esta realidad nos invita a escuchar a nuestro compañero de oficina, de línea de producción, el que se sienta a nuestro lado en la caja de Banco. Y preguntarle: ¿Quién eres?, ¿Qué quieres de la vida? ¿Qué amas?, ¿Lo sé? ¿Sé lo que mi compañero de trabajo piensa y siente de la vida?, ¿De qué me estoy perdiendo cuando no me detengo a mirar mi vida y a los que me rodean?, ¿Vale la pena hacerlo así?

Todos nos miramos; luego de conversar sobre conceptos y experiencias, nuevas competencias para el trabajo de equipo y para nuestras vidas. Y, ya al final, les propongo: ¿Cantemos un ratito? ¿Quieren cantarse y cantarle a su compañero?

Entonces, antes de despedirnos, nos regalamos una canción. Cantamos todos juntos, ¡“Me importas tú y tú, y tú…y nadie más que tú!

Hay emociones en la sala. Hay abrazos. También llega ese pequeño momento de silencio, donde cada uno de nosotros se mira, visita todo aquello que se ha estado perdiendo. Nos volvemos a abrazar.

Ya en el auto, rumbo a Santiago, pienso. Qué regalo me da la vida, poder facilitar que otro se mire y mire a sus compañeros. Se detenga unos instantes y aprecie todo lo que tiene. Y siento que el cuidado de otro y de sí mismo en el trabajo está también en detenerse y valorar ese espacio. Que es un espacio de escucha. Un espacio para estar con los demás seres humanos con los que trabajo. Poner junto al otro, la vida al centro.

Marco Bugueño
Consultor Gerencia de Cuidado y Desarrollo
Instituto de Seguridad del Trabajo

“Juntos” por Marco Antonio de la Parra

Magistral charla de Marco Antonio de la Parra en las Distinciones Nacionales 2016 del IST

“El título no es mío. Es de un libro de Richard Sennett que ha servido junto a otros como bibliografía para esta charla. Su título me pareció tan perfecto que no quise corregirlo ni cambiarlo. Sennett y Levinás están en este texto. Freud también, cómo no. Martha Nussbaum que me inspira. Max Weber también. Y otros.

Hablaremos del otro como el prójimo, el próximo.

Ahí está el Otro. Evita la mirada, me evita. No quiere sentir mi otredad que me transformaría en un vínculo. Yo antes, de joven, evitaba la mirada. Funcionaba como si anduviera solo por el mundo. Si contemplaba el rostro del otro la otra  era como mirando su cara, es decir, la cosa. El color de ojos, la forma de la nariz, el cabello. Que no me viera espiando. No me vinculaba. Eran tiempos de timidez. Esa sensación de transparencia que nos acompaña en años púberes donde la testosterona deposita en nuestra mente deseos con los que no sabemos qué hacer. El Otro, la Otra, nos confirma y tenemos que aceptarnos. Son los años en que el espejo se vuelve una catástrofe o una contemplación. Para mí fue lo primero. No toleraba mi mirada, mis rasgos desgarbados. Mi rostro me sorprendía. El espejo inocente y lúdico de la infancia me devolvía el rostro con el que me reconocerían como si fuese la firma, ese trazo personal que la juventud madura. Con los años el espejo me devolvería el rostro de mi padre. El que ya no estaba.

De niño, dice Sennett, es más fácil hacer comunidad. Jugar juntos, armar un castillo, una casa en el bosque, el club. Basta encontrarse y se abre la comunicación. Pero el carácter se nota. Los expansivos triunfan, los tímidos perdíamos. Encima el bullying. De púber la mala suerte de no saber violentarme. Esa mezcla de cooperación y competencia que organiza a los niños y a los adolescentes y que tan bien hace a una empresa para encontrarse y armarse como grupo. El partido de fútbol entre Oficina de Partes y Bodega, la final entre Recursos Humanos y Contabilidad, ganada irrevocablemente por este último. Esa competencia que convoca a todo el mundo y hace que los rostros se develen, los cuerpos se encuentren, surjan los abrazos, las bromas, la agresividad quede sublimada y emerja natural la cooperación.

A mí me tocó el bullying. No daré detalles. Los que lo han vivido saben lo que duele y lo que castiga las ganas de convivir con el resto.

El Otro me ataca, se burla, no me invita a cooperar, me usa como blanco de sus propias inseguridades, me deja inerme.

El rostro del Otro me dice que está ahí y me reconoce. La mirada cara a cara, en tiempos de tanta comunicación con el que está lejos y tan perdida con el que está cerca, revitaliza el gesto. Dejo de estar solo en el mundo.

Puede que vengan por mí. Puede que vengan a mí.

En microsegundos, la sonrisa, el movimiento de los ojos, me dice qué está pasando.

Las personas normales buscan la mirada y los movimientos de las comisuras de la boca. Señales que permitan construir una teoría de la mente del otro.

El registro neurológico de los movimientos de los ojos va y viene. En los niños autistas se dispersa. No saben hacer del Otro un prójimo.

Y solamente con el prójimo puedo colaborar en cuanto el Otro siempre es mi responsabilidad.

Estoy en el mundo para hacerme responsable.

Como señala Levinás, yo soy responsable de las persecuciones que he vivido pero la de mis allegados o semejantes exigen que pida justicia.

De mis compañeros de bullying no conservo ningún amigo.

La euforia de la cooperación y la amistad vino con la Universidad. Los pares, los otros que eran mi comunidad, los que me permitían darle sentido al encuentro.

La cooperación, inserta en nuestros genes, como nos recuerda Sennett, no se mantiene viva en la conducta rutinaria: es menester desarrollarla y profundizarla.

Hay que tratar eso sí, de no caer en el tribalismo, esa enfermedad nacionalista que destruyó Europa en el siglo XX y que hoy vuelve como xenofobia.

Animal que coopera, el ser humano, que no es el único que lo hace, puede construir a partir del odio al que está fuera de la comunidad o contarse el cuento de que al interior del grupo está lo bueno y afuera lo malo. Que somos los mejores. ¿Se acuerdan de los jaguares de América?

Nos gustaba sentirnos el país bueno en el mal vecindario.

Cooperábamos menos. Nos aislábamos. Nos vengábamos de años, décadas de sensación de pequeñez. Insoportables.

De un tiempo a esta parte surge la costumbre de saludarse en los ascensores. Hace unos treinta años, viviendo en Madrid, me sorprendí de este hábito, me sentí rarísimo. Luego me acostumbré como a los dos besos en las mejillas dejando la mezquindad del beso único y tuve que retroceder al volver a SCL y sus manías de cercanía y evitación.

Una oleada de buena educación parece haberse dejado caer en nuestro mal educado Chile, pero saludo entrando y saliendo del ascensor en mi oficina y en mi Universidad. A pares y empleados del aseo, a superiores y desconocidos. Pareciera que nos fuéramos enterando que el Otro existe.

Sí, el apoyo mutuo está inscrito en los genes de todos los animales sociales, que cooperan para realizar lo que no pueden hacer solos.

Fue nuestra clave de triunfo como especie: el lenguaje complejo que permitía transmitir información de manera mucho más elaborada que las danzas de las abejas o el bailar de los chimpancés.

Éramos, somos, más frágiles y vulnerables que los Neanderthal pero los desplazamos a punta de estrategias insertas en la cooperación.

Y no podemos olvidar que no es tan genética nuestra buena intención. La cooperación rigurosa requiere habilidad. De esas habilidades sociales que a veces nos cuestan tanto.

Como es refrán que dice: inteligente en clases, tarado en el recreo.

Hay que saber escuchar al comportarse con tacto, encontrar puntos de acuerdo y gestionar la desavenencia o evitar la frustración en una discusión difícil.

Aprender la diferencia entre la dialéctica que intenta imponer un punto de vista y la dialógica que permite tener ideas y puntos de vista distintos y sin embargo respetarse y seguir haciendo camino juntos.

El diálogo es un arte mayor.

Lo vemos en las parejas enfrentadas al desafío de la educación infantil o el manejo del dinero o la administración de las visitas a las familias de origen o situaciones de mayor estrés como un cambio de casa o la refacción de un inmueble.

Si están ya dañados, discuten hasta en cómo muerde el otro el apio.

Cada uno, estresado, intenta imponer al otro su manera de manejar el estrés. La escucha empática no aparece y se espera vencer al otro. No hay cooperación, hay competencia ciega. Cualquier solución arrastrará resentimiento y la tarea en común se verá mermada en el amor necesario. El amor sin eros.

Ese amor que debe convocar la comunidad, ese clima amoroso, ya sea familiar, de pareja o laboral, donde nos gusta sentirnos considerados y escuchados y que alguien se ponga en nuestros zapatos.

En el trabajo moderno, que tiende por naturaleza cada vez más al corto plazo (un joven tendrá hasta 4 oficios distintos y cambiará entre 12 a 20 veces de empleador en el curso de su vida laboral), las relaciones se tornan superficiales y su conocimiento como su compromiso con la organización se debilitan.

Lo hemos vivido todos. La “camiseta” hace que uno forme equipo. El trato superficial, el cortoplacismo nos desvincula, nos desapega, nos desafecta.

La sociedad moderna, Sennett otra vez, plantea un individuo aislado que evita excitaciones y estímulos derivados de las diferencias profundas. Se retrae, vive gustos homogéneos, la misma hamburguesa industrial quizás no lo satisface pero lo tranquiliza. Busca la neutralidad y consecuencia de ello es el debilitamiento del impulso a cooperar con los que siguen siendo irreductiblemente otros.

Los individuos no hacen equipo, los individuos no se ayudan ni se protegen y esto aumenta la accidentabilidad. Escuchan las instrucciones de seguridad y riesgos a solas, sin compartirlo. No son un team y si no llevan en sus genes activada la cooperación están en mayor peligro que los demás.

Los niños, aunque tengan por delante un corto plazo en el colegio, la piscina, la cancha de fútbol o las vacaciones, practican la repetición como entrenamiento. EL mismo cuento, el mismo juego, las mismas reglas. Al crecer cuestionan las reglas y las mejoran y las adaptan al grupo.

Este “ensayar”, en el sentido de trabajar una rutina para mejorarla, es mucho más duro en soledad.

En la evolución del niño y también la de los grupos, primero está la mera obediencia y luego se despliegan las habilidades de negociación.

La cooperación es el fundamento del desarrollo humano, como vemos, en el que aprendemos antes cómo estar juntos que cómo estar separados.

Experimentamos y nos comunicamos los hallazgos que son evaluados como novedad y como riesgo.

Pero, como señalé, esto requiere el manejo sabio del diálogo tal como ocurre en una buena conversación: su riqueza está entremezclada de desacuerdos y sobreentendidos que, sin embargo, no impiden que sigamos hablando.

No se trata de ponerse de acuerdo sino de respetarse mutuamente y no obligatoriamente llegar a un fundamento común, un acuerdo básico. Eso lo hace la dialéctica.

Mutuamente, la palabra que quería llegar.

Somos seres naturalmente mutuos. Lo que hacemos se lo estamos haciendo a otro. Y con otro. Y por otro. Y para otro.

Aunque sea al retraernos. Estamos excluyendo al otro.

Y la gran herramienta para ejercer la mutualidad es el ritual. Posibilita la cooperación expresiva en la religión, en el lugar del trabajo, en la tan vapuleada política y en la más corriente vida comunitaria.

El ritual del saludo estrechando la mano, que viene de la señal griega de decir “no vengo armado”. El symbolei de las tejas rotas que permite que al encontrarnos nos reconozcamos. El regalo, la pregunta hecha en serio: ¿cómo estás? Y nuestro extraño “cuídate” al despedirnos que parece reconocer la vulnerabilidad nuestra. El falso “nos vemos” hiere el ritual y la cooperación.

¿Cómo escuchar?

Manual para el fin de semana.

Su núcleo es la captación de detalles concretos para hacer avanzar la conversación. Los malos oyentes devuelven generalidades, no prestan atención a lo pequeño, los gestos faciales o los silencios y el tono de voz que amplía la conversación.

¿Cómo escuchamos?

Quizás seamos simpáticos y nos dejemos involucrar con el sentimiento del otro. Se comparte la emoción del todo. Nos identificamos. Tapamos de consejos al angustiado pues nos ha transmitido su angustia y tenemos que calmarnos nosotros.

Funciona al parecer mejor la empatía, es decir, prestar atención con sincera curiosidad e interés.

La simpatía es un abrazo, la empatía un encuentro.

La empatía permite la contención, entrega serenidad y ayuda a pensar al que sufre. Se calma y no es apabullado con instrucciones.

Pero ser empático obliga a salir fuera de sí mismo.

Es la escucha del terapeuta. Contactado y consciente pero no tomado por la emoción de su paciente. Está ahí con su lucidez disponible. Cuesta aprender en este oficio esta diferencia.

“Tal vez” “Yo hubiera pensado” suenan mejor que instrucciones u órdenes.

La conversación se asemeja al ensayo del artista en el que la capacidad de escuchar ocupa el primer plano.

Nos conocemos pero no del todo. La vida resultaría muy jibarizada si sólo nos relacionáramos con los íntimos. Hasta peligrosa.

Por otra parte no podemos ser absolutamente transparentes. Nadie toleraría ver y mostrar las ambivalencia propias de toda relación humana.

Internet obliga a frases cortas de escucha aparente, sin complejidad. EL arte del emoticón algo ayuda a reemplazar el rostro pero instala una de las tantas máscaras con que nos relacionamos.

Quizás por eso su éxito.

No tiene la ansiedad de enfrentar al Otro en su diversidad

“El siglo XXI parece lleno de gente egocéntrica”, dice Sarah Blackwell, “on line, millares de individuos fascinados por su propia personalidad y que reclaman atención a gritos”

Pero esto es incompleto. También procura esbozos de una nueva democracia directa y desarrolla grupos de convivencia si bien urgidos por el wasap, no menos activos.

La complejidad del ser humano no está totalmente aprovechada y cito a Sen & Nussbaum que sostienen que nuestras capacidades emocionales y cognitivas se desarrollan de modo errático. Los seres humanos seríamos capaces de mayores realizaciones que las permitidas por las escuelas, los lugares de trabajo y la organizaciones.

Y en eso hay que subrayar que las capacidades de cooperar también son mucho mayores y más complejas.

Recordemos la potencia de SOLIDARIDAD, el grupo que encabezó Lech Walesa en la resistencia de Polonia frente a la URSS.

La solidaridad es con los pares pero también con los extraños. Exige eso sí la cara descubierta. Por esto nos desconciertan los encapuchados que con esa actitud ya delatan que no van a encontrarse sino a destruir el vínculo.

¿Cómo son nuestro rituales? ¿Nos saludamos? ¿Nos damos la paz? ¿Celebramos las fiestas del otro? ¿Acompañamos realmente en el duelo?

Todo ritual refuerza el vínculo y eso hace que cuando vea al otro en peligro sienta esa responsabilidad de que habla Levinás mucho más fuerte.

No es un extraño. Es mi prójimo. Me debo a él.

Quizás esté pasando un mal momento, quizás esté alterado, quizás su auto destructividad lo tiene capturado y ha bebido o no ha dormido o se está separando o ha perdido a su madre y no lo sé. Pero noto en su rostro la conmoción, quizás porque me evita. Y es cuando más debo preocuparme.

La conciencia de los demás se da eso sí más en la cabeza del habitante de la ciudad. Formamos una densa multitud con los extraños  a los que vemos pero con los que no hablamos y donde hay que desarrollar una sociabilidad, la socialité. No es el acto de tender la mano a los otros, es conciencia MUTUA, es acción conjunta. Es otra cosa que solidaridad. Pide la aceptación del extraño como una presencia valiosa y tolerada en el medio propio.

Bismarck para defender el capitalismo, se preocupó de resolver la cuestión social. Instauró un bienestar real y así aplastó a la izquierda. Después la guerra, claro, hizo lo suyo.

Pero, conseguido este bienestar… ¿qué más? La vinculación que se establece en la comunidad tiene que conducir a alguna parte, tiene que hacerse sostenible y sustentable. Una mezcla de cooperación formal e informal, intensa y duradera.

El modelo más antiguo de cooperación constante ha sido el taller desarrollando elaborados ritos sociales desde tiempos ancestrales.

Maestros, aprendices y jornaleros eran parte del gremio que organizaba al taller. Cada uno hacía y hace su parte. El trabajo es ritual y así todos somos uno y el individuo desaparece gozoso en el grupo.

Los animales sociales, la abeja, el lobo, nos necesitamos unos a otros, no podemos asegurar nuestra subsistencia.

Controlamos ritualmente la violencia. Como los lobos que tras el combate, el que siente que va a perder pone su cuello a disposición del otro y le da la victoria que se significa en una mordida simbólica, y no como las palomas que no saben bien qué hacer y se destrozan. Aunque en temas como el femicidio parece que nos asaltara el descontrol. La testosterona no conoce ritual de agresividad. Reconocimiento de la derrota. Es decir, ejercicio una vez más del respeto y la cooperación mutua.

No, no podemos sobrevivir en solitario.

Más de alguno lo intenta. El ermitaño es la excepción.

Pero nos relacionamos en un rango que va desde el altruismo a la esclavitud.

Dar, ese destino que otorga Levinás a la especie humana, no siempre es altruista. A veces es mero intercambio. El win win es una alternativa de empate crecedor. La expoliación del otro y la colusión, perversión de la cooperación, pueden convertir la relación en un territorio peligroso y dejar una herida al minuto de entregarse, rompiendo la confianza, esa copa de cristal irreparable.

Sennett relata la historia de la dialógica desde las coffee houses del siglo XVIII hasta la creación de la mesa individual o para dos del París del siglo XIX que aleja la conversación de los mesones y abre el contacto por la mirada.

Nos miramos, somos diferentes y eso no significa ni superior ni inferior. Los rituales del taller o de cualquier grupo celebran las diferencias entre los miembros de una comunidad, afirman el valor distintivo de cada persona, pueden disminuir la acidez corrosiva de la comparación odiosa y promover la tan anhelada cooperación.

Porque el bullying nunca se va y la envidia nos habita aunque nos duela.

El éxito ajeno alegra pero el fracaso del más lejano produce un extraño placer. No me ganó, no me venció, no soy el único en problemas. Me es más fácil ayudar al derrotado. Lo más difícil es la solidaridad con el aventajado en aprietos. ¿Por qué no se arregla solo si tiene tantos recursos?

¿Cómo cuidar los rituales de integración?

Primero, repitiéndolos. No es rutina, es celebración. No debe anquilosarse

Segundo, convirtiendo objetos, movimientos o palabras anodinas en símbolos. Esta capacidad simbólica del ser humano abre la experiencia del ritual.

Tercero, debe contener cierta teatralidad, cierta expresión dramática, cierta estética, un cambio que debe ser decorado.

Cuarto, con todo lo anterior, deben ser accesibles y fáciles de aprender, para que cualquiera pueda participar en ellos. Cualquiera.

Quinto, que constituya en la repetición una tradición.

El premio es una experiencia de comunidad de gran intensidad vital.

Pensemos en las cadenas masónicas, la historia del pan y el vino en la eucaristía, los rituales de iniciación, el chef d’oeuvre de los gremios que consagraba al aprendiz tras siete años de práctica.

Nos volvemos una suerte de hermanos.

La fraternidad nos invade.

Y eso es una experiencia mayor.

La fuente de esa responsabilidad compartida que nos convertirá en una sociedad orgánica que se protege a sí misma.

El ritual compartido de alimento tendía a promover el agapé, el amor mutuo de hombres y mujeres inspirados en la fe en Dios.

El bautismo partió siendo de adultos y ya sabemos los cambios entre los luteranos y los cristianos.

En los talleres renacentistas la cooperación pasó a tener en cuenta los accidentes de trabajo, el descubrimiento casual de algo nuevo distinto.

La multiplicación de las habilidades se materializa en la imprenta, originalmente china y reinventada en 1450.

Ya sabemos su consecuencias.

Abre debate y conversación dialógica. Bajtín dice que afirma la fe del Hombre en su propia experiencia” permitiendo así enseñar y aprender.

Los rituales además han requerido en su evolución del desarrollo de la civilidad, primero como modelo de conducta de las clases altas, abandonando el código de caballería centrado en el castillo y la venganza y apareciendo la “cortesía” de las cortes italianas con la sprezzatura descrita por Castiglione en El Cortesano, la relativización, el sentido del humor, el decir algo y retractarse, el no pretender imponer, la ligereza que permite ser más sociable evitando la pomposidad. El gentleman es su mejor muestra, trata bien a todas las clases sin desprecio y con respeto. Ver Dowton Abbey.

La cortesía aparece en el siglo XVI como modelo de comportamiento para la burguesía básicamente como autocontrol corporal. Sin emitir ventosidades ni eructos, comiendo con tenedor y lavándose las manos. La gente se hizo más sobria aunque menos espontánea.

Freud recodará que el hombre debe sentir culpa, saberse pecador, para ser menos agresivo. El alta de los kleinianos que se da cuando el paciente se da por enterado de su propia peligrosidad.

Algo que se opone a la cooperación son las inmensas y crecientes desigualdades sociales. A juicio de Putnam, la sociedad de USA y Europa presenta menos cohesión social que 30 años atrás, menos confianza en las instituciones, menos confianza en los líderes.

La China moderna, mezcla de capitalismo y comunismo, en realidad funciona por el guanxi, un código cooperativo de ayuda mutua absolutamente rígido e intrasable. Yuan Lo lo describe como “una complicada y generalizada red de relaciones que los chinos cultivan con energía, sutileza e imaginación y que permite a un primo tercero pedir ayuda o verse obligado a otorgarla y donde todos saben que en caso de aprietos habrá esa red para protegerlos, pasando de generación en generación”.

En Occidente hay algunas redes familiares pero el marketing tiende a inculcar en los niños la creencia de son los que poseen, con comparaciones odiosas. Solo en el siglo XVII, en Amsterdam y Bruselas aparecieron los juguetes en producción masiva. Hoy estamos invadidos y obligados a que nuestros hijos y nietos no sufran el bullying de ser diferentes. El status afecta no solo a los adultos.

Los jóvenes confían más en sus amigos en Facebook según las encuestas (68%) que en la publicidad (28%) Los amigos reales no salen en la medición. Se compra por internet. El mal está en peligro de extinción o se convierte en plaza.

La desigualdad aterra. 62 billonarios tienen tanto dinero como los 3600 millones de más bajos ingresos del planeta.

Las desigualdades limitan las capacidades de los niños, dice Martha Nussbaum, quienes están naturalmente dotados para relacionarse plenamente entre sí y para cooperar de manera más profunda de lo que las instituciones permiten.

¿Cómo se cuida la lealtad al interior de la empresa?

El respeto a los jefes, sincero, sin hipocresías.

La colaboración real con los compañeros de trabajo en desgracia .

La disponibilidad a hacer horas extras si hay que cubrir un compañero o va mal la empresa.

Para que se den estas tres aristas debe haber confianza y la confianza es un acto de fe según Georg Simmel, padre de la sociología.

Y además tener mucho ojo con la rutina alienante que produce desensibilización y embotamiento mental.

El aislamiento en cualquier de sus formas es el enemigo mortal de la cooperación.

“Tengo demasiado trabajo para preocuparme de los demás”, decimos.

Los aislados tienen  baja productividad y crean una zona de peligro a su alrededor.

¿Por qué eligen aislarse? El mismo modelo laboral puede empujarlos. Y el estrés, el distrés, hace lo suyo.

Es necesario activar de nuevo todos los rituales. Un reset emocional de las bases de la cooperación.

Aprender a dar la mano, establecer contacto visual y ofrecer sucintas contribuciones en una conversación: con quien quiera que uno se encuentre y donde quiera que lo encuentre, todo esto para poner de manifiesto el espíritu de grupo que lo anima.

La comparación odiosa, experiencia personalizada de desigualdad, puede erosionar los vínculos sociales. Fomenta la envidia y la competitividad.

Los grandes enemigos de la cooperación son la envidia, la ansiedad que no se acompaña de esperanza de cambio (como se ve en ciertas dictaduras), las políticas represivas por lo general enmascaradas, la soledad que en sí misma hiere por el retraimiento y el narcisismo y la auto contemplación que sacan del grupo.

El narciso no ve a nadie más que a sí mismo. Guerreros cowboy, héroes compulsivos, son peligrosísimos en el campo de batalla para el resto. La cooperación no necesita héroes y menos mártires.

Con la autocontemplación, cuando se une al individualismo, la cooperación se atrofia y el peligro de accidentabilidad aumenta.

La ansiedad merecería una charla aparte. El estrés conoce métodos muy embotadores de calma. Como meterse en la rutina, en la tele, en una familiaridad lo más posible exenta de sorpresas.

Oro punto a anotar es la desigualdad social que afecta la vida infantil desde el momento en que los niños entran en el sistema escolar

Los niños de sociedades igualitarias tiene más probabilidad de confiar entre ellos; los de las sociedades marcadas por grandes disparidades tienen más probabilidades de relacionarse con los demás como adversarios.

A los 9 años de edad los niños ya saben que no son todos iguales y esta diferencia irrumpe en su experiencia de la cooperación.

Nussbaum cree que la sociedad debería extender y enriquecer las capacidades de las personas, principalmente las de cooperación; la sociedad moderna, por el contrario, disminuiría esas capacidades. Ver los colegios más preocupados por el ranking que por una educación integral.

Otro que no cooperará es el autoexigente obsesivo, el perfeccionista 24/7, para quien su éxito jamás será suficiente. La envidia es hacia sí mismo, la comparación odiosa es con su propio ideal de lo que debería ser y no está pudiendo lograr.

Siente la cooperación como una pérdida de tiempo en la carrera hacia la cima. Un desastre de compañero.

El trabajólico, según Max Weber, no se siente a gusto en el mundo, su vida cotidiana le parece privada de placer y llena de amenazas, se orienta al logro. Agotador.

Hay que restaurar la cooperación, rehabilitarla o reconfigurarla.

A veces de manera muy simple. Stravinski hablaba de simplificar, eliminar, aclarar. Arvo Part : “renueven simplificando”.  Einstein: “todo debería simplificarse al máximo posible, pero no más”.

La inestabilidad laboral amenazante hay que frenarla.

Hay que proteger las diferencias de cada uno. No todos son pragmáticos, no todos son creativos, no todos son obedientes.

Juntos son invencibles pero por separados tienen falencias.

Con las resistencias hay que usar la mínima fuerza necesaria. El costo de resentimiento es muy alto.

Toda avería, todo accidente, es una advertencia y una oportunidad. Es una reflexión. Qué había de malo y qué había de bueno.

Las fuente de la cooperación son humanas y duraderas, admiten reparación.

Pero es una tarea siempre inacabada: primero, hay que mantener la moral alta en circunstancias difíciles, segundo hay que buscar fuertes convicciones y así instalar la cooperación como un valor en sí, que protege, que hace sentirse más sólido. El genxi chino.

Pero la depresión existe, y el duelo, y hay que evitar el yugo de la nostalgia en palabras de Hannah Arendt. Y sobre todo, escapar de la anomia de Durkheim, el sentimiento de desarraigo cultural y social, de ir a la deriva.

Todo esto afecta el compromiso personal.

¿Cómo evaluarlo?

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificarnos?

¿Seremos altruistas o depredadores?

¿Juana de Arco o el Lobo de Wall Street?

¿Sentimos el compromiso a largo o corto plazo?

¿Somos fiables?

Los adultos sabemos que a veces fallaremos a los demás y que ellos nos fallarán a nosotros. Llevamos dentro un pequeño traidor.

¿Cómo vivir en el perdón, en la tolerancia a la pequeña falla y confiar?

Estamos construyendo esa instancia, ese clima donde el factor humano es todo, donde el diálogo hay que aprenderlo de cero.

Venimos la mayoría de hogares de batalla, donde no se escuchaba mucho.

A decir verdad cada vez se escuchan menos las generaciones.

Sin embargo, la cooperación mantiene su fuerza. Es irreemplazable a pesar de los anuncios robóticos que vendrían a quitar masivamente puestos de trabajo en una o dos décadas.

Seguramente redefinan las comunidades. Morirán unos trabajos (¿quién deshollina?), mutarán otros, los más especializados serán los más fáciles de sustituir por una serie de algoritmos.

Los más abiertos requerirán de esa feble confianza en el ser humano.

Google ya inventó el auto sin conductor. Obedece todas las señales y no se equivoca nunca. Lo chocó un colectivo conducido por un hombre.

Pero tal vez anuncie que en unos 10 años se prohíba conducir y quede la experiencia acotada como los gokart o el benji para los que les gusta la adrenalina.

Son demasiados los cambios tecnológicos que obligarán a aliarse de maneras también distintas. El internet de las cosas y sus efectos. El Big Data y su manipulación, los nano materiales, las sorprendentes impresoras en 3D y en 4D, etcétera.

Pero sigue trabajándose en comunidad.

Hoy de generaciones distintas con culturas distintas.

Los maduros, los baby boomers, los de la generación X, los millenialls y los centennials que vienen en camino y han crecido con la tecnología. Acaban de dar la PSU.

¿Tendrán niños o ciborgs? ¿Perros o mascotas robóticas?

Seguimos pensando en equipo.

Y toda la protección se vuelve poca si en el grupo no hay este sentido de cooperación, de comunidad, de que tú eres yo, de que tu vida es mi responsabilidad y la mía de otro aparte de mía propia.

Tenemos que crear un genxi. Por algo ha permitido que China crezca como ha crecido.

La competencia propia del tan vapuleado sistema neo liberal en todo el mundo es muy peligrosa si no va acompañada de la cooperación.

Pero ya lo comentamos, vivimos en una sociedad muy pero muy desigual. Y la sociedad más cara de la Historia.

La cooperación en tiempos de la deuda, la hipoteca y el crédito inhibe la cooperación, despierta la ansiedad y deshace el vínculo amoroso, sin eros, no se asusten, que debe tener cualquier espacio de trabajo.

Nuestra tarea es feroz.

Igualar, compensar, reparar.

Mirarnos a los ojos.

Cara a cara.

Dialogar.

Todos somos uno.

Y así, somos mucho más seguros y corremos menos peligro.

Que nos ayuden los tiempos que corren.

A veces nos sentimos muy solos.”

 

Marco Antonio de La Parra

Diciembre 2016

Photo by Michael Coghlan

 

 

 

 

Conversando de prevención

En  los últimos 30 años los accidentes laborales han bajado de manera considerable en  el país, sin embargo hoy estamos en una meseta en términos de resultados, que nos obliga a mirar la prevención en las empresas de manera más amplia.

Cada vez que tomamos una postura respecto  de qué hacer  frente a la seguridad de las personas en su ambiente laboral,  tenemos  implícitamente, una interpretación de nosotros mismos  como seres humanos.

Tradicionalmente,  en lo laboral,  se ha considerado al ser humano principalmente como un ente productivo y pasivo  frente a  la realidad en la que vive; creemos que esta  concepción está agotada.

Resulta fundamental entonces, re-preguntarnos sobre el sentido de lo humano, porque conforme a como lo definamos, serán los resultados que obtengamos  en lo técnico, lo organizacional y por cierto, en lo preventivo.

Creemos  que el ser humano es activo y participa en la construcción de la realidad con otros.  La mirada social del IST se hace cargo de esto; de mirar la vida concreta  del ser humano en sociedad,  mirar el cuidado y  poner la vida en el centro de toda discusión.

Es en la participación donde nos exponemos, donde nos construimos, donde manifestamos nuestro ser humano y social. Sin participación la seguridad  nos resulta ajena.

En el IST estamos convencidos que una empresa más humana, participativa, cercana,  es una empresa más segura.

Gerencia Desarrollo Humano

Colaboradores IST en Tutuvén

Colaboradores de IST hacen entrega  en Tutuvén de mascarillas,  a la comunidad y a empresas afectadas en las zonas siniestradas.